Cuando estudiaba, tenía un profesor que decía por aquella época que “todos buscamos un vuelo low cost, un sofá low cost, una cocina low cost”, etc. Todo con esa coletilla. “Y si además es de outlet”,apostillaba, “mucho mejor”. Tras estas afrmaciones, acto seguido, nos preguntaba: “¿a que a ninguno de ustedes le gustaría un salario low cost?” Y lo hilaba con otra frase que también mencionaba con frecuencia: decía que “España es un país de rebajas”, donde hasta si nos bajan los impuestos, nos entran ganas de pagarlos (algo que se cumple cuando nos ofrecen un 50% de descuento por pronto pago a la hora de abonar las multas), pero en este caso es porque no queda otro remedio…

Tras esta primera consideración sobre el concepto del low cost y de las rebajas, me parece que es necesario arrojar luz sobre sus consecuencias. El mercado nos está demostrando que todos los precios low cost no están salvando precisamente a las empresas, sino más bien, todo lo contrario. Además, lejos de darle valor a lo que hacemos, esta idea de bajada continuada de precios, lo desprestigia y, a la larga, supone cavar la propia tumba.

Creí que la crisis nos había enseñado que para no tambalearnos en tiempos de tormenta, era necesario disponer de estructuras bien
asentadas de empresa y saber diferenciarnos en algo (o en mucho) más que en el precio.

No podemos tirar los precios porque esta práctica se ha demostrado que no benefcia a nadie. Pero la reflexión nos debe llevar más allá. No se trata sólo de esto, de dar un precio más barato que el competidor. El análisis ha de ser mucho más profundo y llevarnos al origen. Se supone que la crisis debería habernos enseñado cuáles son todas las variables que tiene que tener en cuenta una empresa para poder alcanzar el éxito en el mercado y sobrevivir con holgura en tiempos complejos. Unas enseñanzas que, una vez superada la crisis, sirvieran como esos palos rojos que en las zonas de montaña, cuando nieva mucho, nos indican por dónde está el camino. Lecciones para no volvamos a cometer los mismos errores que antes.

Pero pasa la crisis y el ritmo frenético, la inmediatez del día a día con la acuciante necesidad de tener que sacar los pedidos adelante, nos
lleva a olvidarnos de lo aprendido, a dejar de lado lo que teníamos en mente para más adelante porque “eso no hace que entren pedidos
en la fábrica….”

Y resulta que esa filosofía de empresa de tener las cosas claras y saber hacia dónde vamos, sin importar las corrientes ni las prisas de
cada momento, teniendo siempre la oreja en el mercado, es fundamental, porque nos aporta perspectiva. Ahora, por ejemplo, que algunas empresas han tenido la desgracia de caer, están surgiendo otras,“oliendo aún la sangre”, intentando captar ese hueco de mercado en
base a la cultura del “pelotazo”, pero no todo vale.

Porque no todo vale, tenemos que encargarnos de darle valor a lo que hacemos, porque si no, vendrán de fuera a enseñarnos
cómo, y luego nos quejaremos de que en España no se hace nada…

Es tan importante cuidar a las personas con las que trabajamos, tener un plan de negocio claro y planificado con diligencia y organización, para saber qué queremos producir y hacia dónde queremos ir, impregnar a toda la compañía de la idea de empresa que tenemos y
que ello se proyecte en una marca fuerte. Porque ello nos dará estabilidad sin crecimientos rápidos pero sí estables. Porque si no, como
dicen los ingleses, “easy come, easy go..”.

Proyectemos empresas bien estructuradas con raíces fuertes que, seguro, darán sus frutos. Con ilusión por mejorar en productividad y
competitividad, y sobre la base de la calidad y la innovación.

sebastian

Sebastián Acedo, Gerente de AMC.

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